viernes, 12 de octubre de 2012

Miss Hurry y el yoga

"Te invito a que las próximas dos semanas te vengas a las clases de yoga que imparto de lunes a jueves; verás que te relajas y lo bien que te sientan". 

Así acababa mi primer día con Mel, mi nuevo psicólogo (sí, me quedan cosas por solucionar, ¿no dicen que a la tercera va la vencida?). 

El caso es que ya me había planteado que tenía que hacer algo, pero no sabía si volver a las clases de pilates, que siempre me han venido bien, o probar con las posturitas del yoga. Años atrás cuando me enfrenté por primera vez a ese dilema pensé que me vendría mejor empezar por el yoga, por eso de relajarse y tal, pero acabé yendo a pilates, por el bien de mi espalda y... en realidad, según me comentaron, el profesor de yoga había matado a su mujer y estaba ocupado; en la cárcel... Así que no tuve elección. 
Esta vez lo probaría para saber por qué decantarme.

Y llegó el primer día. 

Y no fue como esperaba. 

Esperaba algo similar al pilates pero más estático y sin embargo ahí estabamos todos, haciendo movimientos para conectar los dos hemisferios cerebrales... no estaba mal... parecía que seguía manteniendo una buena coordinación... ¿equilibrio?... tampoco andaba mal... Bien, me iba gustando esto del yoga.
Pero luego llegó la parte de "liberar tensiones". Y ahí estaba Mel, tan delgadito, tan suave, TAN soso (en realidad no lo conocía, pero era la impresión que tenía sobre él) haciendo movimientos que creo que pretendían ser enérgicos y que me daban un poco la risa. Hasta ahí ni tan mal, pero a continuación pasó a otros más estrambóticos que iban in crescendo con el ritmo de la música. Estaba dejándose llevar y a mí, que no me esperaba nada semejante, me estaba dando mucha vergüenza ajena. Pero ya que estaba allí pensé que mejor abría la mente y también me dejaba llevar (era eso o salir huir de la sala) por lo que, aunque muerta de la vergüenza mucho más contenida, también me puse a dar saltitos y solté los brazos y... oye, no me vino mal. 
Cuando terminó la clase no me quedaba nada del nudo que había tenido en el estómago; Llevaba un par de días agobiadilla (y en esta ocasión Ahispatxu, más que ayudar, había estado metiendo el dedo en la llaga) y esa noche, por fin, dormí estupendamente.

Así que, a pesar de lo rarunas que me parecieron algunas cosas, sólo por el hecho de haberme quedado tan tranquila merecía la vergüenza pena seguir probando... A fin de cuentas, para el dolor de espalda, tengo pastillas.

4 comentarios:

  1. Pues si conseguiste salir de allí relajada y contenta, ya valió la pena, y si no puedes hacer yoga y pilates; así duermes de miedo, y con la espalda estupenda XD.

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  2. Pues ya me gustaría, Doctora, pero las dos cosas se me van de presupuesto. Cuando me decida, alternaré con salir a caminar, que también me viene genial y es más barato ;p.

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  3. Y a mí que todas esas cosas que dicen que desestresan me irritan una barbaridad...?

    De hecho sólo de tener que pensar que me tengo que relajar no puedo parar de pensar que me tengo que relajar sí o sí a la de Ya y eso me estresa todavía más.

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  4. álEX, no sé cómo serán el resto de los casos, pero mi problema es que SIEMPRE estoy pensando. Yo me relajo porque con el ejercicio de turno me centro en otra cosa (equilibrio, respiración, brazos y piernas en su sitio...) y dejo de pensar. Así de simple. Cuando, al final de la clase, estás tumbado "notando" cómo de relajado estás, yo estoy repasando la lista de miembros (pies, pantorrilas, muslos...) e intentando relajar lo que todavía está en tensión, pero ahí también estoy centrada en otra cosa por lo que el resultado final es que me he pasado una hora sin darle vueltas a la cabeza y, parece una tontería, pero me quito un gran peso de encima.

    No te tienes que relajar sí o sí, hay días que no se puede desconectar, pero, conforme van pasando las clases, cada vez es más fácil hacerlo.

    ¡Bienvenido!

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